Los rumbos del capitalismo, la hegemonía de Estados Unidos y las perspectivas de la clase trabajadora

Julio C. Gambina Introducción

La crisis capitalista de los setenta y la desarticulación del campo Ldel “socialismo real” en los noventa constituyen dos momentos importantes para explicar la correlación de fuerzas actual entre el capital y el trabajo a escala mundial, y al mismo tiempo, para señalar la instalación de la hegemonía estadounidense en el desarrollo capitalista contemporáneo. Es definitorio en la crisis capitalista procesada entre fines de los sesenta y comienzos de los setenta la constante caída de la tasa de ganancia. El problema trascendía la esfera de la economía e impactaba en el orden social vigente a través de las dificultades que encontraba el capital para asegurar las condiciones de la reproducción de las relaciones sociales, tal como hasta entonces se desarrollaban, tanto en el ámbito de las empresas como desde las funciones del estado. Todo ello en un momento en que el dominio del capital era fuertemente cuestionado por el incremento del poder de los trabajadores que aceleraban su ofensiva, acompañado por las luchas de liberación nacional y social en el denominado “Tercer Mundo” (Hardt y Negri, 2000). El derrumbe del “socialismo real” impactó culturalmente, más allá del fenómeno en sí mismo y de sus protagonistas directos, pudiendo visualizarse como una derrota en la correlación de fuerzas entre los trabajadores y el capital. Incluso en la esfera simbólica se afectó ideológicamente la potencialidad socialista. La contraofensiva capitalista a la crisis de los setenta culminó en el doble proceso de eliminación de la bipolaridad y el encumbramiento de Estados Unidos en el sistema de poder mundial.

Ofensiva del capital

El actual periodo, iniciado en la última década del siglo XX, está marcado por una fuerte ofensiva del capitalismo en el ámbito mundial. En la subjetividad de los distintos actores sociales aparece instalada la imagen de que todos los obstáculos sociohistóricos al desarrollo capitalista han desaparecido, y que éste podrá seguir avanzando impetuosamente. Terminada la bipolaridad y las expresiones de la Guerra Fría, se abrió una etapa de disputa por la hegemonía global en las principales áreas del desarrollo capitalista: entre Estados Unidos, la Unión Europea y Japón, donde el primero acumula capacidad militar, económica y política, pero especialmente ideológica y cultural, en tal magnitud y con tanta iniciativa, que se coloca en la pirámide de la dominación del sistema mundial. La disputa es un proceso que viene de arrastre, por lo menos desde el periodo de entreguerras mundiales, pero que concentra la materialización de la hegemonía norteamericana en la última década del siglo. Algunos datos de la realidad hicieron suponer una declinación del poderío estadounidense, ya que a comienzos del último decenio del siglo XX Estados Unidos aparecía a la defensiva y perdiendo terreno con relación a sus competidores. El cambio de siglo devuelve una mirada distinta, con Estados Unidos habiendo mantenido una década de expansión económica y afirmando su poderío militar y cultural. Eso más allá de la actual crisis recesiva de Estados Unidos (ver Gráfica 1). Europa consolidó sus intentos de articulación transnacional con moneda única, pero está lejos aún de estabilizar el lugar del euro en la disputa con el dólar y de consolidar un mercado en crecimiento. En el Gráfico 2 se aprecian algunos picos en las variaciones de los valores relativos y la tendencia general a la devaluación del euro respecto al dólar. Japón vive ya una década de crisis y dificultades para mantener una posición expectante en la disputa trilateral por el poder capitalista mundial. No debemos equivocarnos en torno al poderío norteamericano. El actual estancamiento de la economía de Estados Unidos no desdice su fortalecimiento luego de una década de guerras, desde Irak a Kosovo y ahora en Afganistán, que afirman el carácter hegemónico de Estados Unidos en el ámbito mundial. Es más, de alguna manera ese fortalecimiento está ligado al rol de la aplicación de novísimas tecnologías en su aparato militar. Por un lado le evita el alto riesgo de involucrar importantes tropas terrestres como en Vietnam, lección que no olvida, y por el otro, le permite dar un nuevo salto adelante impulsando su industria de guerra, que de nuevo funciona como motor y vanguardia para asegurar su desarrollo capitalista y hegemónico en la disputa con la Unión Europea y Japón. Reaparece la generación de la demanda efectiva desde el estado, intentando alejar los elementos más visibles de la crisis hacia el interior de la sociedad norteamericana y creando mejores condiciones para la disputa hegemónica. Esa intencionalidad también se expresa, y de un modo extraordinario, en Am é rica Latina y adquiere también las formas de la agresión y la subordinación económica, política y cultural con distintas variantes. Desde el sistemático bloqueo a Cuba hasta el Plan Colombia y el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), buscando desarrollar y consolidar su poderío regional tradicional sobre su patio trasero: América Latina y el Caribe. Tanto el Plan Colombia como el AL C A son aspectos complementarios de una estrategia de articulación y subordinación de los Estados americanos a la política de Washington en su disputa con Europa y Japón. No debe olvidarse que Europa canalizó importantes inversiones en América Latina en los años noventa como consecuencia del proceso de privatizaciones de las empresas públicas y la venta de empresas privadas locales a capitales del viejo continente. Los atentados a las torres gemelas y al Pentágono tienen víctimas inocentes claramente identificables, pero los supuestos culpables actuales, Osama Bin Laden o el gobierno talibán en Afganistán, o los culpados en un futuro inmediato, radicados en las fuerzas insurgentes en Colombia, en el gobierno de Venezuela o en el pueblo y gobierno de Cuba, o los culpabilizados en tiempo más lejano, es decir, cualquiera que pretenda desconocer el papel hegemónico de Estados Unidos, están siendo construidos a imagen y semejanza de las necesidades de expansión de la hegemonía norteamericana. Más allá de los responsables directos del acto terrorista en Estados Unidos, el efecto cultural de construcción de culpabilidades y de justicieros favorece las necesidades de política internacional de los capitales y del estado norteamericano. La primera efectividad devino en la legitimación interna del presidente de Estados Unidos enarbolando la bandera del “bien” contra el “mal”. Son productos ideológicos culturales con los que se construye la hegemonía y la dominación global.

Naturalizar el plusvalor

El eje central de la ofensiva capitalista de los últimos tiempos apunta a resolver la crisis de rentabilidad del capital que remite a fines de los sesenta y comienzos de los setenta, y por lo tanto coloca en el centro de su estrategia asegurar el crecimiento de las ganancias y la acumulación. Es obvio que se trata de un proceso de expansión de la explotación, que es la norma y esencia del capitalismo. Pero no alcanza. Se requiere la naturalización de la misma. El explotado debe considerar normal la situación. Debe reconocer en la situación el único camino posible y si es posible, el deseable. El capital necesita escamotear culturalmente el proceso explotador. La naturalización de las “cosas”, entre ellas el desempleo, la pobreza, la informalidad, hacen a la sustancia del desarrollo capitalista actual, a la hegemonía del capital, a la dominación y a la reproducción del capitalismo en nuestro tiempo. El capital necesita que todo ello sea considerado el estado natural de las cosas. El estado de bienestar y sus formas menores de estados “desarrollistas” o “populistas” vigentes durante una parte importante del siglo XX contribuían a compensar el efecto social de la explotación y hacían emerger una sociedad de compensaciones, que además, restaba capacidad de apropiación de plusvalor al capital. Esa compensación era producto de una correlación de fuerzas que expresaba la lucha de clases en la complejidad articulada de fenómenos tan diversos como la externalidad relativa del socialismo real al mercado capitalista, la lucha del movimiento sindical, aún desde la hegemonía economicista, y la demanda de liberación nacional encarnada por movimientos y países del llamado Tercer Mundo. Eliminados los fenómenos que contrarrestaban el poder capitalista, particularmente la existencia de un bloque socialista, el capital se lanzó a una fuerte ofensiva para disminuir los salarios y los gastos sociales de los estados nacionales, incluyendo las reformas estatales, que expresan el cambio de función de los estados capitalistas. El carácter innecesario del “estado de bienestar” o sus émulos y los cambios en la esfera de la producción llevaron a una extraordinaria extensión de la pobreza y un acrecentamiento de la brecha de ingreso entre unos pocos que acumulan inmensas cantidades de riqueza y una mayoría que apenas sobrevive con magros ingresos (ver Gráfico 3 sobre evolución de los ingresos en distintos países). Ignacio Ramonet decía que: En nuestro planeta, el quinto más rico de la población dispone del 80% de los recursos, mientras el quinto más pobre dispone de menos del 0,5%. Estimaciones recientes de Naciones Unidas señalan que en 1999 la fortuna acumulada por las 200 personas más ricas del mundo representa más de un millón de millones de dólares. A título comparativo digamos que los 582 millones de habitantes de los 43 países menos desarrollados totalizaron un ingreso de 146.000 millones de dólares. Existen individuos más ricos que los estados: el patrimonio de las 15 personas más ricas supera el Producto Interno Bruto (PIB) del conjunto del África subsahariana. La riqueza de las tres personas más ricas del mundo es superior a la suma del Producto Nacional Bruto de todos los países menos desarrollados, o sea 600 millones de personas (Ramonet, 2000). Se trata de incontrastables datos que involucran a personas y a países en la inequidad en materia de distribución del ingreso, destacándose como un dato de época la expansión de la pobreza y la miseria en valores absolutos y relativos. Sin políticas keynesianas (hegemónicas) a la vista, o al menos con la clara intención de tratar de desarticular las que aún subsisten por la resistencia, el sistema capitalista recurre a la manipulación del consenso social y a la represión abierta para afirmar su política como la única posible. Para eso dispone de la monopolización de los medios de comunicación, que acentúan la combinación entre sobreinformación y desinformación. Es claro que los medios de comunicación son empresas capitalistas que contribuyen al proceso de producción del sentido común necesario para la naturalización del sistema de explotación. Insistimos con la conceptualización de la producción de plusvalor en tanto categoría económica y la afirmación cultural de naturalización e incluso deseabilidad. Pero al hablar de las relaciones de dominación en el ámbito mundial no debemos olvidar la existencia de China que concentra el 22% de la población mundial y se reivindica socialista. Desde la hegemonía norteamericana no deja de ser una preocupación su difundido “socialismo de mercado” expresado en la definición china de “dos sistemas, un solo país”. China es objeto de una política combinada y si por un lado se intenta acercarla al rumbo general del desarrollo capitalista mediante un importante flujo de inversiones, por el otro se promueve la confrontación política y aún militar. La primera de las estrategias es funcional a las definiciones del gobierno en Beijing y la segunda expresa la intencionalidad de Estados Unidos por subordinar un área que mantiene externalidad relativa de los acontecimientos globales que definen su hegemonía1.

El comando de la dominación

Lo que queremos señalar es que más allá de los matices en cada país o región, se intentó sentar las bases de un “camino único” en política económica (de los gobiernos) y en el estudio de la realidad (universidades e institutos educativos y de investigación), identificando a la disciplina económica (ya sin su identificación tradicional e histórica, como “economía política”) con la “corriente principal”, reducida a mera econometría, a relaciones de variables numéricas sin referencia a sujetos u actores sociales concretos. Se trata de una iniciativa política e ideológica de carácter global destinada a colonizar los puestos de comando y de organización del orden mundial. Es notable la identificación de objetivos e instrumentos que presentan los distintos gobiernos de los países de todo el mundo, no importando sus dimensiones geográficas, económicas, de desarrollo histórico y tradición cultural. Esto se ve expresado en América Latina y el Caribe con el Consenso de Washington (Sader, 2001). La tendencia es a la apertura, la desregulación, las privatizaciones y la afirmación de un nuevo orden mundial con mayores seguridades jurídicas para las inversiones internacionales de los capitales más concentrados. Son políticas que pretenden socializarse desde organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y más recientemente la Organización Mundial de Comercio (OMC). De este modo, el capital más concentrado comanda un rumbo de construcción del capitalismo en el ámbito mundial, utilizando su poder en los organismos internacionales y en los gobiernos de los estados, quienes son a la vez expresión de los capitales más concentrados a escala nacional y responden por el interés global de las clases dominantes en cada país. Por lo tanto, el rumbo hegemónico del capitalismo actual se define en la articulación de un poder que en la cúspide encuentra a las transnacionales de origen estadounidense, y a ellas asociados, los organismos internacionales y los diferentes gobiernos locales. Ejemplo de ello es la reciente III Cumbre de Presidentes de las Américas, realizada en Quebec, que salvo algunas restricciones formuladas por Venezuela, todos los gobiernos de los países de la región, participantes en la reunión (sin Cuba) suscribieron, a sabiendas de que el ALCA constituye un claro beneficio para la economía norteamericana (Arceo, 2001).

La coyuntura internacional luego de los atentados y la guerra de agresión

Para abonar la tesis que sostenemos, resulta de interés analizar brevemente la coyuntura mundial luego del 11 de septiembre de 2001. Dos secuencias lógicas definen el curso de la reestructuración global y la agenda de discusión actual en todo el mundo. Una remite a los atentados en Nueva York y Washington, y la otra a la consiguiente agresión bélica comandada por Bush, y por ahora concentrada en Afganistán. Dos secuencias que tienen historia previa y hermanadas en las acciones terroristas organizadas por oficinas del gobierno estadounidense en diversas latitudes (Boron, 2001; Brieger, 2001; Campione, 2001; Chomsky, 2001; Gambina, 2001; Grass, 2001) y que ahora apuntan a deteriorar la capacidad de resistencia del movimiento mundial contra la globalización neoliberal. Estados Unidos consideró útil estimular formas primitivas del fundamentalismo religioso utilizables en sus disputas de Asia Central. para formar “combatientes” contra el “peligro rojo” en esa área. Estos “combatientes”, armados y entrenados principalmente en territorio paquistaní por la CIA, actuaron durante largos años sobre territorio afgano, enfrentando al “peligro rojo” (las fuerzas del “mal” de aquel momento) en nombre de la “libertad” (las fuerzas del “bien”). Recientemente esas formaciones decidieron autonomizarse de su creador para actuar por sí mismas. Aquí interesa menos la historia de encuentros y desencuentros entre los antes mandantes y mandados y hoy grandes enemigos. Lo importante es que hoy, igual que ayer, los siguen aprovechando para imponer el reconocimiento total y definitivo de su hegemonía sobre el mundo; ayer usando a los talibán contra el “peligro rojo”, hoy para justificar decisiones políticas, económicas y militares para resolver sus problemas recesivos, reordenar la economía, impulsar la industria de guerra, atar al resto del mundo a sus planes agresivos y además asegurar que la financiación y el costo sean soportados por sus aliados. El ciclo recesivo de la economía de Estados Unidos había alcanzado una importante caída antes de los atentados (ver Gráficos 1, 4 y 5), a pesar de los infructuosos esfuerzos para detenerla con intervenciones estatales (que en teoría niegan para el resto del mundo) mediante inversiones, subvenciones y reducciones en las tasas de interés (en diez oportunidades durante el 2001 hasta noviembre). Es importante destacar los diversos “saltos hacia adelante” representados por la política agresiva de Estados Unidos para recomponer el capitalismo mediante su reestructuración acelerada. Son ejemplos de esto la “Guerra de las Galaxias”, la Guerra del Golfo y los hasta ayer inviolables espacios del “Escudo” y la actual agresión a Afganistán, cuyas razones tienen mucho que ver, además del uso de los contratos de guerra para salir del ciclo recesivo, con sostener la imagen de inviolabilidad de que pretenden hacer gala; en todo caso, si alguien encuentra un resquicio para hacer creer lo contrario, deberá ser ejemplarmente castigado. Como es fácil de entender, si no interesan los costos humanos por desecho de trabajadores y consumidores que resultan de la extensión del capital a escala mundial, menos aún los que son “necesarios” para que se entienda “quién es el que manda”. Es un hecho que la situación verifica la existencia de presupuestos estatales para financiar el terror en territorios lejanos y que terminan, con otros presupuestos obtenidos en los mercados globalizados del dinero, generando el terror en nuevos espacios vulnerables. Así, la trama del capital global enlaza a los estados capitalistas con fracciones privadas que no subordinan su estrategia de acumulación a ningún mandato civilizatorio. En la era de las privatizaciones y el dominio del mercado, reaparece visible la figura del estado para evidenciar su cambio de función, en este caso en el financiamiento y organización de la insurgencia sistémica y la guerra de exterminio sobre los pueblos. Todo un accionar para desminar los espacios (mercados) y favorecer la circulación del capital. El ataque sobre Afganistán es uno más de los encabezados por Estados Unidos en una era que venía signada por el “fin de la historia” y la “ausencia de acontecimientos”, según anunciaban los filósofos de moda. De Irak a Afganistán, pasando por Kosovo y otros espacios del acontecer bélico, transcurre una década donde la guerra, la militarización y el exterminio de población lo tiñen todo. Ni fin de la historia, ni ausencia de acontecimientos. El ciclo de la vida fluye y la lucha entre proyectos sigue definiendo el curso de los sucesos. La lucha de clases no se retiró huyendo de la historia. Claro que ahora las clases se confrontan desde experiencias históricas diferenciadas, donde la manipulación del consenso y el uso del potencial militar ocupan un lugar central en la instalación de un nuevo orden mundial que sustituya al del antiguo mundo bipolar. Los trabajadores, a su vez, en tanto categoría sintetizadora de una de las partes antagónicas, sufren mutaciones (De la Garza, 1999), que a la vez que se extienden cuantitativamente entre la población global, ven deteriorada su capacidad de organización y estructuración sociopolítica para el desarrollo de una alternativa civilizatoria, superadora del capitalismo.

Imágenes para afirmar el rumbo

La existencia de víctimas conmueve y afecta la sensibilidad social, tema despreciado por los responsables de la materialización del terror, que hay que decir, va más allá de los sucesos del 11 de septiembre y de la respuesta bélica que involucra a una coalición internacional de países subordinados a la estrategia norteamericana, lo que hace cómplices a sus gobiernos y representantes parlamentarios de la agresión bélica. Las imágenes reproducidas incesantemente operan sobre el imaginario social, modulando como nunca el consenso a los valores hegemónicos del capitalismo en su etapa actual de desarrollo transnacional. Acción bélica e ideológico-propagandística que retoma el impulso de una iniciativa económica en tiempos recesivos, pero también política, suturando grietas para favorecer la hegemonía norteamericana en todo el mundo. Lo simbólico es puesto al servicio de la producción del sistema de explotación y dominación. La producción de plusvalor se extiende desde su lugar esencial, la fábrica o el ámbito de la producción material, a la generación de símbolos para naturalizar y eternizar un régimen de vida. No en vano la reproducción de imágenes se detiene en las torres y escamotea al Pentágono, sede de la concentración de voluntades agresivas y complot en cualquier parte que sea funcional a los intereses del estado hegemónico del capitalismo.

La reestructuración capitalista

¿Por qué sugerimos que estos acontecimientos operan sobre la reestructuración, más allá de quien haya estado detrás de su perpetración, aún no dilucidada? La crisis japonesa era un dato de la realidad durante los noventa, la lenta evolución de la economía europea en los últimos años, y la actual desaceleración de Estados Unidos, a punto de considerársele, técnicamente, como una recesión. Parece que se detuvo la locomotora que lubricó dos periodos económicamente exitosos de la administración demócrata. La tendencia recesiva de las economías capitalistas más desarrolladas es previa a los acontecimientos y éstos permitieron ponerla en evidencia y justificar las cesantías masivas resueltas en los sectores directamente involucrados por el accionar del terrorismo, tales como las empresas aéreas, las de seguros, el turismo y las finanzas, según detallamos en el cuadro: Cuadro 1

Cesantías masivas en Estados Unidos

Nota: * Se anunciaron recortes adicionales sin dar cifras específicas. Fuente: The Washington Post 23/10/2001.

En el Gráfico 1 podemos observar la evolución del PIB en Estados Unidos para el periodo 1998-2001, donde destaca para el tercer trimestre de 2001 (julio, agosto y septiembre), la primera contracción desde 1993 (una tasa negativa de 0,4%), continuando la tendencia iniciada desde comienzos del año. Es cierto que por razones estacionales el cuarto trimestre es de expansión y sin embargo, todas las evaluaciones confirman que esos datos reflejados a fines de octubre significan una tendencia difícil de levantar a corto plazo. Durante el año 2001 la producción industrial ya había caído 5% hasta septiembre.Como puede observarse en el Gráfico 4, la tasa de desempleo en Estados Unidos empieza a crecer desde septiembre de 2000 cada vez más acentuadamente, especialmente desde mayo de 2001. En cuanto a la evolución de las compras, el Gráfico 5 muestra una caída casi permanente desde que se inicia el 2000, con algunas pequeñas y momentáneas alzas hasta mediados de 2001. Pero lo dicho antes no modifica un contenido central del actual capitalismo: la tasa de ganancia en Estados Unidos se mantiene en alza constante desde 1984-1986 sobre el conjunto de los países capitalistas desarrollados (Gráfico 6). Caputo ha señalado recientemente (Caputo, 2001a) que tendencias a la baja procesadas entre 1998 y la actualidad no modifican la relación hegemónica de los capitales norteamericanos sobre otros capitales concentrados y particularmente de aquellos que operan en América Latina. La reducción del empleo, particularmente en Estados Unidos, es una política previa a los atentados y se vincula a la necesidad de contrarrestar la tendencia estructural (de largo aliento) a la disminución de la tasa de ganancia, máxime en la actual coyuntura donde los negocios se dificultan a través de las múltiples obstaculizaciones al proceso de producción y circulación antes y después del 11 de septiembre. La decisión por las cesantías había sido adoptada con anterioridad, y los ataques dieron la oportunidad para efectivizarla y aún profundizarla con mínimo riesgo de resistencia. No constituía una referencia menor la existencia de masivas movilizaciones callejeras en territorio norteamericano, en Seattle, Washington o Nueva York, desde noviembre de 1999 e impulsadas por el movimiento sindical y diversos movimientos anticapitalistas, muchos de los cuales articulan sus iniciativas con otros similares de todo el mundo. La iniciativa patronal en cesantías favorece el ciclo de valorización del capital en el marco de una profunda crisis y materializa el fenómeno en condiciones político culturales que limitan la capacidad de resistencia de los afectados directamente. Al mismo tiempo, se legitiman los argumentos para sostener presupuestos de “defensa” y alentar al lobby económico vinculado al complejo militar industrial y tal como en muchas otras ocasiones, al sector petrolero donde, casualmente, define su fortuna el presidente norteamericano. El volumen de las compras militares aprobadas por Bush recientemente, en el marco recesivo mencionado arriba, demuestra el interés por determinadas ramas, el desinterés por el empleo y el bienestar de los propios trabajadores de Estados Unidos; el capital más concentrado sigue haciendo un amplio uso de la crisis para impulsar cambios de fondo en las estructuras productivas y en los modelos de acumulación. La dinámica guerrerista estimula la circulación mercantil de armamentos, incluido el contrabando y los negocios financieros a ellos vinculados, tal como el lavado de dinero y el delito económico global en toda su magnitud. Pero también al sector de tecnología avanzada, que en el último año venía en baja y se expresaba en la caída del índice Nasdaq. Es sabido que la invasión terrestre se postergó para después de las acciones bélicas teledirigidas y aún, el accionar de la guerra convencional incluye tecnología de avanzada. Son varios los frentes de actividad en la reestructuración global y entre ellos vale destacar el objetivo continental. Inmediatamente después de los atentados, la Organización de Estados Americanos (OEA) avanzó en su mandato por acelerar los acuerdos que hagan cumplir el calendario del ALCA. Es sabido que la cumbre presidencial de Quebec en abril pasado había encontrado el obstáculo de Venezuela para suscribir un acuerdo legitimador de las llamadas “democracias representativas” existentes en América Latina. Tras varios intentos frustrados desde entonces, el organismo que excluye a Cuba obtuvo las condiciones necesarias para la suscripción de una de las cláusulas para avanzar en el acuerdo comercial demandado por Estados Unidos y al que se asocian la mayoría de los gobiernos de la región y los capitales más concentrados. En el Parlamento norteamericano también se favorece la ocasión política para aprobar la capacidad negociadora del ejecutivo de Estados Unidos con los países del continente. Tema necesario para materializar en el 2005 los inicios del acuerdo arancelario que define el ALCA. En todo caso, la cruda realidad puede alentar un debate sobre el presente y el futuro de la situación mundial a partir de la realidad de los atentados y la agresión bélica, e incluso de cómo incide en las transformaciones globales que habían empezado a insinuarse en el movimiento de resistencia a la globalización neoliberal, con fuerte masividad resistente en Génova (Monereo, s/f) y un intento que próximamente se renovará en Porto Alegre con el Foro Social Mundial entre el 31 de enero y el 5 de febrero de 2002 (Ferrari, 2001). A propósito de esto se nos genera otra interrogante: ¿cómo afectaron los actuales acontecimientos al movimiento de resistencia global? En su seno, luego del asesinato de Carlo Giuliani se abrió una discusión en torno a la violencia. Hoy se reabre en la discusión sobre el terrorismo. El miedo, tema del que la sociedad argentina está presa desde hace años, puede habilitarnos a una reflexión de superación. Lo peor que puede ocurrir es que el asesinato o la represión, o que el terrorismo, provenga de donde provenga, frenen la constitución de sujetos que construyan la sociedad de la libertad contra la explotación.

Asociación de las burguesías locales de América Latina

Esa política hegemónica tiene su especificidad en nuestra región. En América Latina se ha extendido una tendencia que afirma el carácter transnacional de las burguesías que inicialmente se desarrollaron a escala nacional. Es creciente la interacción entre las burguesías de los países del Cono Sur, particularmente Brasil y Argentina. Es cierto que la crónica devuelve la existencia de conflictos ínter empresarios, por espacios del mercado en disputa, pero eso no mella la potencialidad de negocios conjuntos y la aspiración de hacer converger las políticas gubernamentales en la región en beneficio de la tasa de ganancia. Claro que ello implica a su vez, una disputa por la cuota de plusvalor entre distintas ramas de la actividad económica y entre distintas regiones, incluso entre los estados. Entre las nuevas funciones del estado (Hirsch, 1997) se encuentra la de administrador de las mejores condiciones para la radicación de inversiones, y en ese sentido, la relación de amistad y los acuerdos entre los estados tienen su contraparte en una fuerte competencia por ofrecer las mejores condiciones para disputar las inversiones de riesgo y las de carácter especulativo. Un ejemplo de ello es, en el plano de la producción, las disputas entre Argentina y Brasil por la instalación de las plantas automotrices. En todos los casos se trata de una competencia para ofrecer mayores desgravaciones, menores impuestos, peores condiciones de trabajo y salarios, etc. Jorge Schvarzer señaló en un Seminario de Clacso en el 2000 que: El Mercosur va a enfrentar numerosos desafíos en los próximos años que pondrán a prueba su estabilidad. La actual crisis del bloque, descerrajada por la crisis brasileña pero multiplicada por los problemas de la economía argentina, ofrece uno de ellos, pero puede ser que sus efectos resulten más efímeros que otros problemas con contenido estructural. Algunos de esos peligros tienen orígenes externos, como la demanda de los centros de que la región abra su economía hasta un grado incompatible con la integración efectiva (Schvarzer, 2001). Este proceso específico de transnacionalización en la región genera tensiones de carácter nacional, regional e internacional, e incluso al interior de los propios países, como fue el caso de la disputa en Argentina entre las provincias de Santa Fe y Córdoba por lograr la instalación de la planta de Toyota, o en el caso de Brasil, también para la radicación de terminales automotrices entre distintos estados. Es que subsisten capitales cuya esfera de actividad se concentra a escala nacional, sin perjuicio de su inserción internacional. Algunos desarrollan su actividad en el ámbito de la Comunidad Andina de Naciones o del Mercosur, por sólo mencionar las dos mayores experiencias de mercados regionales en América Latina. Existen, sin embargo algunos capitales que trascienden las regiones para instalarse en el mercado mundial o en partes de él, ya sea en Estados Unidos, en Europa o en Asia. Ello determina una complejidad en el entramado de la clase dominante en cada país. Complejidad que incluye contradicciones que a veces se manifiestan en su política interna o en las relaciones entre éstos. En esas contradicciones por la hegemonía de las políticas a escala local, existen fracciones de la clase dominante que buscan alianzas con las clases subordinadas para lograr las mayorías sociales que consensúen sus intereses.

Argentina como ejemplo

Si miramos algunos de los procesos políticos en la región podremos verificar dichas conductas. El caso argentino puede servir de ejemplo. Luego de una década de aplicación de políticas liberales y conservadoras reaccionarias y ante el descontento social extendido, la clase social en el poder desarrolló variantes políticas para relanzar un modelo de acumulación que estaba deteriorado en el consenso social mayoritario. Ese es el sentido principal del cambio en la administración del gobierno nacional en 1999: la asunción de la Alianza entre la UCR y el Frepaso, presidida por Fernando de la Rúa. Esa variante sigue mutando, al punto que en Argentina se habla de una nueva alianza política en el poder desde el ingreso de Domingo Cavallo al gabinete de ministros, en marzo de 2001. Se trata del ex funcionario del menemismo y de varias dictaduras militares previas. El nuevo bloque gubernamental en Argentina intentó distintos caminos desde 1999 para relanzar su estrategia. Primero acudió a la heterodoxia que combinaba un discurso de políticas activas y para el crecimiento con la clásica ortodoxia del ajuste y la reestructuración regresiva en materia previsional, educativa, sanitaria y por cierto, laboral. La crisis expresa de ese camino devino en la renuncia del primer ministro de economía argentino del actual gobierno, José Luis Machinea (diciembre de 1999 a Febrero de 2001), y su reemplazo por un ortodoxo del ajuste y las políticas de reforma estructural: Ricardo López Murphy (Marzo de 2001). Un ministro que creyó que podía disciplinar a la sociedad, particularmente a los sectores populares, y que anunció un plan de ajuste centrado en la afectación de derechos sociales, tal como la educación. La resistencia popular impidió la realización del plan y la continuidad del funcionario. Esa situación de crisis devolvió al ministerio de economía a Domingo Cavallo (desde marzo 2001), impensable al comienzo del turno presidencial que sucedió al gobierno de Carlos Menem (1989-1999). El ministro se cuidó en la primera etapa de su gestión de no hablar de ajuste, aunque lo promovió, y su accionar apuntó a ganar el consenso de la sociedad en torno a una política que se presentó heterodoxa y neokeynesiana, pero que estratégicamente apuntaba a resolver el problema de las clases dominantes: su capacidad para extraer plusvalor con consenso social, donde el endeudamiento externo actúa como el condicionante principal. Las elecciones de renovación legislativa del 14 de octubre de 2001 testimoniaron un importante cambio en la capacidad de obtener consenso en la política aplicada, marcando una nueva realidad: del consenso pasivo y las esperanzas concitadas en 1999 al gobierno de la Alianza, se había pasado a una situación de disenso, que aún no superaba el carácter de pasividad. Reflejo de ello es la suma de votantes en blanco o nulos, que alcanzó la cifra récord (más del 21%), sin considerar el ausentismo. La alianza de gobierno, sobre 257 diputados nacionales, redujo su participación de 126 a sólo 90 legisladores. Otro dato a destacar es el avance electoral de la izquierda que incorporó legisladores por diferentes listas. La lucha por el consenso de la sociedad se resuelve, a fines de 2001, en la capacidad de iniciativa política para sostener el rumbo principal o definir un curso alternativo. La crudeza de la crisis económica local y las condiciones internacionales a comienzos de octubre de 2001 desenmascaran una política identificada claramente con el ajuste fiscal, que al tiempo que profundiza la recesión induce la produndización de la reestructuración regresiva. Por ello la política argentina se asocia estratégicamente a la de Estados Unidos y realiza lobby hacia otros gobiernos de la región para que se asocien a la misma política. Es la actitud asumida en el voto contra Cuba en materia de derechos humanos en las Naciones Unidas y es el rumbo asumido en la presidencia del Comité de Negociaciones Comerciales por el ALCAentre 1999 y la reunión de ministros de Buenos Aires en abril de 2001. La burguesía argentina y los funcionarios de estado tratan de afirmar su poder local e incidir en la disputa regional y global. Lo mismo hacen sus vecinos; por ello, en la discusión del rumbo del capitalismo en la región, deben considerarse los intereses compartidos y los enfrentados que existen en las burguesías dominantes en cada uno de nuestros países.

Mercosur y ALCA

Tomemos como ejemplo al Mercosur. En cuanto aparecieron los primeros problemas entre Argentina y Brasil en torno de la política arancelaria y las respectivas políticas cambiarias desde enero de 1999, desde Chile y Uruguay saltaron voces expresando la voluntad de negociar directamente con Estados Unidos formas bilaterales que anticipen el ALCA, abandonando una política de articulación regional de negocios. Más allá de la posibilidad que tengan aquellos países de realizar sus expresiones (el Presidente de Estados Unidos aún no tiene aprobada por el Parlamento la vía rápida de negociación comercial), ellos y su accionar explicitan las contradicciones multilaterales existentes. En ningún caso se planteó una política alternativa por los gobiernos en la región. Las posibilidades siguen siendo dos: o la continuidad de una integración comercial regional subordinada a los gobiernos del ajuste en la zona (Mercosur), o la subordinación directa a los intereses de Estados Unidos (ALCA). En rigor, puede mencionarse que la única voz que puede sonar distinta fue la de Venezuela, que planteando su incorporación al Mercosur y con ello la inserción del conjunto de la Comunidad Andina de Naciones (CAN), está expresando una voluntad de integración latinoamericana con intencionalidad de confrontar con la aspiración de mercado abierto desde Alaska a Tierra del Fuego que empujan la administración republicana y sus socios en la región. Las clases dominantes en América Latina no quieren bajarse del rumbo principal del desarrollo capitalista mundial y que en nuestra región se materializa en los acuerdos de libre comercio gatillados en los noventa por la estrategia norteamericana: el ALCA. La región es clave en los intentos de afirmar la dominación territorial en la zona y desde allí hegemonizar mundialmente. Los acuerdos sostenidos en Canadá en abril de 2001 por los presidentes americanos implican la construcción del área de libre circulación de bienes, servicios y capitales desde el 2006 y en un proceso de apertura total a construir hacia el 2015. Es evidente que la “libertad” no se extiende al mercado de trabajo. Así, la libre circulación de personas aparece restringida. Estados Unidos teme que la mano de obra desocupada o subocupada de la región invada su territorio y desarticule los consensos sociales hacia adentro de la sociedad norteamericana. Después de todo, la “globalización” que impulsa se refiere a las distintas “aperturas”, del movimiento de los capitales y mercancías (siempre y cuando no compitan con las propias), pero excluye expresamente los movimientos de fuerza de trabajo. Pero el ALCA no sólo cercena los derechos de los trabajadores, de libre circulación de la fuerza de trabajo y de protección de derechos sociales adquiridos y potenciales. También afecta otros intereses de sectores populares e incluso, nacionales. La cláusula de Trato Nacional para todas las empresas con domicilio en el área del ALCA otorga a las transnacionales los mismos derechos y obligaciones que hoy detentan las empresas locales, con lo cual se equiparan los efectos de su accionar en cualquier ámbito, las grandes concentraciones empresariales con aquellas de menor envergadura. Pero también aparece la restricción en materia de compras del estado. Se establece en los acuerdos que desde mínimas cifras de contratación, los estados nacionales, provinciales y municipales deben convocar a licitaciones abiertas a todas las empresas del ALCA. Es una forma de eliminar la posibilidad de instalar políticas soberanas para el desarrollo de emprendimientos nacionales. Es una forma de subordinación de la soberanía popular expresada en el estado a la soberanía mercantil, sobre el estado y el conjunto de la sociedad. Que el ALCAanuncie el privilegio a la iniciativa privada en áreas tales como previsión social, educación o salud, da cuenta del aliento a una política que intentará ejecutar una segunda ronda de reformas estructurales luego de las iniciales vinculadas a la privatización de las empresas estatales, política que aún no termina. En este marco se entiende que la clase dominante en Argentina intenta sentar en el Ministerio de Economía a funcionarios acordes con sus necesidades de acumulación y de inserción subordinada en la división internacional del trabajo, que se dirime en el comercio internacional, la preeminencia del dólar, o directamente en la dolarización, siendo el endeudamiento la clave para el condicionamiento de las políticas económicas. Claro que la asociación de las burguesías locales al proceso de transnacionalización que hegemonizan los capitales de origen estadounidense tiene un carácter subordinado y también parasitario. Respecto de la inversión en Estados Unidos y en América Latina, Orlando Caputo dice que “es realmente impresionante cómo en 1970 la inversión global en América Latina representaba, en dólares constantes, un 40% de lo que en ese año se invirtió en la economía norteamericana. En los últimos años sólo representa un poco más de un 20%. O lo que es lo mismo, la inversión norteamericana es casi cinco veces la inversión de América Latina cuando en 1970 era 2,5 veces” (Caputo, 2001b). Destaca así una evolución diferenciada de los flujos de inversiones entre Latinoamérica y Estados Unidos, al tiempo que resalta un destino de las inversiones que aseguran la reproducción ampliada en Estados Unidos contra el parasitismo y debilidad del rumbo inversor en América Latina.

El rumbo general y los cambios sociales

Son muchos los cambios que ha provocado la ofensiva del capital en los últimos tiempos. Es necesario considerarlos para intentar pensar una estrategia alternativa de las clases subordinadas. El primer cambio acontece en la esfera de actividad del trabajador, en la relación de éste con el patrón. Ya no se trata de extender la explotación bajo el sistema de fábrica. La explotación trasciende la concentración productiva de la industria en grandes fábricas y junto con la descentralización de la producción fabril se recrean antiguas formas productivas, tales como el trabajo a domicilio y la promoción de talleres y empresas de menor dimensión. Ese es el marco de inclusión de la subocupación y el desempleo entre las formas que asume la explotación. Son todas formas flexibles de un nuevo tiempo de desarrollo capitalista. La flexibilización salarial y laboral impone una prolongación de los tiempos de trabajo y con ello el aliento a la plusvalor absoluta, pero también con la intensificación del ritmo de trabajo y la tecnificación, alentando la apropiación de plusvalor relativa. El trabajador asume hoy distintas categorías, que lo hacen menos homogéneo que en tiempos de pleno empleo y beneficios salariales derivados de políticas sociales de época. En el imaginario popular era fácil identificar la categoría “trabajador”, aunque en rigor, el trabajo se expresaba en diferentes áreas, ramas de actividad, etc. Hoy se habla minoritariamente de trabajadores en relación de dependencia y con la seguridad social como cobertura extendida. En Argentina, sólo el 45% de la población económicamente activa se encuentra en esta situación. El resto, unas 7.500.000 personas, conforman el extendido abanico del desempleo, la informalidad y la exclusión. El Gráfico 7, del área metropolitana (Ciudad de Buenos Aires más los partidos del Gran Buenos Aires), muestra el incremento de los habitantes que sufren pobreza e indigencia en el área del Gran Buenos Aires, lo que se agrava aún más para el resto del país, muchas de cuyas provincias son consideradas como “inviables”.

Extensión de la salarización y formas de organización de los trabajadores

Esta sola caracterización nos lleva a pensar en formas diferentes de resistencia y organización para confrontar el rumbo hegemónico del capital. La salarización actual del capitalismo expulsa a millones de trabajadores de la forma sindical de organización. Esa situación requiere ser considerada por el movimiento de los trabajadores si pretende constituir sujetos resistentes a la ofensiva capitalista de este tiempo. En la experiencia de Argentina, en los noventa, se inició una nueva forma de articulación de los trabajadores en una central, la CTA, que agrupa a sindicatos, pero también a trabajadores en cualquiera de las categorías que hoy existen: activos, desempleados, precarios, informales, autónomos, cuentapropistas, etc. En noviembre de 2000 se produjo el primer ejemplo exitoso de una lucha compartida por el nuevo sujeto trabajador resistente, popularizado por la prensa como “piqueteros”, ejemplo de un conflicto protagonizado por trabajadores de la salud y de la educación (normalizados, con cobertura social, sindicalizados en gremios nacionales) junto con desempleados, en el Partido de La Matanza en el Gran Buenos Aires, una zona de gran concentración poblacional y con importantes focos de pobreza y exclusión social. Cada uno desde su reivindicación disputó colectivamente las condiciones globales en la zona de vivienda y trabajo de ese colectivo de trabajadores. El conflicto se procesaba contra el estado municipal, provincial y nacional. El resultado fue una conquista del tipo “convenio colectivo”, que favoreció económicamente al conjunto de los trabajadores radicados en esa zona y al mismo tiempo sirvió para constituir sujetos bajo la identidad de “trabajadores”. Se arrancaron compromisos en materia edilicia en escuelas y hospitales, planes para desempleados, cantidad de alimentos y la normalización de trabajadores de la educación y la salud. Ése es el desafío de este tiempo, reconstruir lo que destruyó la ofensiva capitalista. El accionar del capital desarticuló sujetos resistentes y es un desafío de los trabajadores reconstruir una identidad de resistencia que permita que los trabajadores asuman la hegemonía de la contraofensiva popular que hoy comienza a visibilizarse a escala mundial. Se trata de una experiencia que nos permite verificar un nuevo rumbo en la articulación de los trabajadores para ser efectivos en estos tiempos de la lucha de clases. En la experiencia argentina se está transitando la novedad de una nueva central de trabajadores, la CTA (Ceceña, 2001), que promueve formas organizativas y de inclusión que trascienden la forma tradicional del sindicato, en una construcción que tiende a recuperar la centralidad de los trabajadores (entendiendo que la categoría supone la inclusión de los desempleados, los excluidos, los cuentapropistas, etc.) en la lucha popular. Esa capacidad de acción entre los trabajadores favorece la extensión de la influencia de la central sobre otros sectores populares, y es el caso de la iniciativa política que hoy impulsa la CTAjunto con productores agrarios, pymes2, cooperativistas y diversos agrupamientos sociales, políticos y personalidades para gestar una consulta popular sobre la propuesta de asignar un Seguro de Empleo y Formación para todos los jefes/as de hogar desempleados, de $380 mensuales, y una asignación universal para los menores de 18 años del orden de $60, que para una familia tipo (matrimonio y dos hijos), representaría un ingreso por encima de los $500 que establece la línea de pobreza en la medición argentina. Es una iniciativa política que intenta salir al cruce de la crisis de representación existente en Ar gentina y que sólo es posible desde el prestigio que representa el intento de construir una central de trabajadores luego de la destrucción sufrida por el movimiento obrero en tiempos de dictadura militar y bajo gobiernos constitucionales que generaron condiciones para subordinar a la burocracia política y sindical a sus planes.

Autonomía del movimiento popular y demandas sobre el estado

Un segundo cambio se procesa en la esfera del estado. La reforma estatal es el mecanismo utilizado para modificar las funciones de los estados (Campione, 1997). Lo más visible de esa política son las privatizaciones de empresas públicas, pero debe incluirse también al conjunto de reformas administrativas e institucionales ya desarrolladas y en discusión en nuestros países. Estamos aludiendo a las reformas la justicia, de la salud, la educación o la previsión social. Es un proceso de mercantilización y que, como tal, sólo tiene en cuenta la capacidad de pago del usuario–consumidor y deja de lado a una importante porción de la población. Así, el estado abandona su función de complemento en la formación y reproducción de la mano de obra destinando una parte del presupuesto estatal a la atención de necesidades sociales insatisfechas (además del rol de contención social, atendiendo reclamos económicos) y coloca la asignación de recursos económicos a satisfacer la demanda del capital para restaurar su tasa de ganancia. El análisis sobre el destino de los fondos de los presupuestos estatales así lo indica y para el caso argentino, los intereses anuales de la deuda externa del estado nacional duplican el monto de salarios de los trabajadores del mismo. Según consta en el Informe sobre Desarrollo Humano 2001, la deuda externa argentina pasó de 99,4 mil millones de dólares en 1995 a 160,7 mil millones en el 2000 y los servicios de la deuda sobre exportaciones, para el mismo periodo, pasaron de 34,8 a 67,8 mil millones de dólares. Este cambio de funciones del estado convoca a repensar clásicas estrategias de demandar al estado con base en su función anterior de redistribuidor de recursos. Las regresivas reformas tributarias y la recurrencia del ajuste fiscal dan cuenta de una voluntad esquiva a los intereses y reivindicaciones de los trabajadores. La realidad de la resistencia nos muestra una tendencia a organizar la lucha del movimiento popular, que por un lado avanza diversificando su accionar y por el otro va superando el simple reclamo al estado para tener una actitud más activa en la resolución de sus reivindicaciones, es decir, autónoma. Hay ejemplos de ello, como las tomas de tierra y la organización de la atención a la salud y a la educación que se proveen en dichos asentamientos. Junto a la demanda frente al estado, se ejerce en este caso un accionar sobre la propiedad de la tierra y se estimula un proceso autogestionario de satisfacción de necesidades. La experiencia de Chiapas en México y del Movimiento Sin Tierra en Brasil (Korol, 2001) son las más difundidas pero no las únicas, y expresan una variación en las formas de demandar al estado y de constituir sujetos bajo formas apropiadas para este nuevo tiempo. Claro que lo dicho no obsta en la continuidad de una disputa por el poder del estado. Finalmente, los cambios han modificado la escena internacional. Es cada vez mayor la interdependencia de la economía y la política a escala mundial bajo la dominación hegemónica que hemos comentado. Ya en los tempranos setenta, con el Foro de Davos o la Comisión Trilateral, cuando aún no quedaba clara la ofensiva del capital, éste intentaba una respuesta global a la visible ofensiva de los trabajadores que llegó incluso a inducir la demanda por un Nuevo Orden Económico Internacional, tal como sostuvo la ONU en 19743. Pero esa minoría reaccionaria organizada se transformó en este cambio de siglo, en la hegemonía y conducción del proceso social de desarrollo bajo la preeminencia del capitalismo. Este es un tiempo de oportunidades para los trabajadores, de reinstalar su movimiento de resistencia y organización en una nueva realidad, favorable a sus intereses. No es una expresión de deseos, sino lo que muestra la realidad.

De Chiapas a Porto Alegre

Se habla mucho de un rico proceso que va desde Seattle en noviembre de 1999 al Foro Social Mundial en Porto Alegre en 2001, e incluso las posteriores movilizaciones contra el AL C A en Buenos Aires y Quebec, protagonizadas todas ellas por un creciente y amplio conjunto internacional de sujetos, que asumen cada vez más su papel de nuevos sujetos internacionalistas, permitiendo suponer que se están superando concepciones basadas en un erróneo y estrecho “clasismo” y se da, al mismo tiempo, un importante paso en nuevas y superiores formas de internacionalismo. Una vuelta a un principio básico del siglo XIX pero con un desarrollo superior y ampliado de la sociedad capitalista. En rigor, el inicio del nuevo tiempo de reagrupamiento de trabajadores y del movimiento popular en la resistencia a la hegemonía que construyó la ofensiva del capital tiene antecedentes en el sur de México y en la capital francesa. El levantamiento zapatista actuó hacia adentro de México, pero también atacó la estrategia central de Estados Unidos en la construcción del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), el mismo que hoy pretende extender a toda la región a través del AL C A . En Chiapas se desarticuló el proyecto hegemónico de la burguesía de ese país y le obligó a desarrollar variantes como la que expresa el nuevo gobierno del PAN, que para ganar consensos debió hacer heterodoxo el mensaje de sus políticas hasta encontrar los reaseguros políticos para relanzar un modelo de acumulación que, privilegiando los intereses de las clases dominantes mexicanas, pueda obtener consensos sociales extendidos que le den base de sustentación al capitalismo en México. Pero el ejemplo zapatista se extendió por toda la región e incluso el mundo, demostrando que los pueblos podían resistir y que ello se derivaba de condiciones subjetivas y no tanto de la absolutización de las mentadas condiciones objetivas, derivación vulgar de la categoría del “desarrollo de las fuerzas productivas”. No hay duda de que esa lucha mexicana potenció otros procesos de resistencia en las sociedades del Cono Sur y más allá, siendo así la primera gran lucha contra la globalización neoliberal hegemonizada por Estados Unidos. El ejemplo de la lucha de los trabajadores franceses es otro caso a considerar. No sólo incidió hacia adentro de la realidad de Francia, sino que al desembocar en la caída del gobierno de derecha y el ascenso de una coalición entre los socialistas, los verdes y los comunistas, contribuyó a modificar la situación hacia el interior de la Unión Europea. Entre otros efectos, uno de los logros más importantes fue la denuncia del Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI), que promovía la seguridad jurídica para las inversiones transnacionales y que se negociaba secretamente en el seno de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE). Ese acuerdo pretendió ser incluido en las negociaciones por la Ronda del Milenio que pensaba impulsar la OMC desde la reunión en Seattle, Estados Unidos en 1999. Entre otras razones, la movilización popular impidió que esa ronda se lanzara y otra vez fracasó el proyecto AMI. Digamos de paso que ese mismo proyecto intenta colarse en las negociaciones del ALCA, y ello suma una razón más para combatirlo. Queremos destacar que en la segunda mitad de la década de los noventa comienza a gestarse un nuevo tiempo que permite avizorar el desafío de los trabajadores para incidir en el rumbo actual del capitalismo, que no es otra cosa que recuperar su lugar central en la ofensiva contra el capital. El camino de Chiapas, París, y la ola de protestas globales que recorren el mundo, nos hablan de un nuevo tiempo a protagonizar. Para constituir nuevos sujetos y otra vez internacionales, que puedan afirmar el éxito de que tras 24 meses, recién en noviembre de 2001 la OMC pudo reunirse, en Qatar, disminuyendo la posibilidad de movilización y más aún, con los resguardos pos 11 de septiembre desplegados por la diplomacia en guerra de los países centrales que empujan la nueva ronda desreguladora en su seno. Este año de 2001, Buenos Aires y luego Quebec, fueron ciudades sitiadas por la resistencia al ALCAen una articulación con otras movilizaciones contra la globalización neoliberal. Un importante contingente de trabajadores de Brasil fue impedido de ingresar a Argentina para protestar contra el ALCA. El encuentro de Porto Alegre en enero de 2001 mostró otra realidad: solidaridad y apertura para acercar posiciones muy diversas de actores sociales que no siempre comparten estrategias. De ese modo se empezó a transitar el camino de la construcción de propuestas comunes de validez mundial y que pueden servir de estímulo a luchas nacionales. Destaco en ese sentido los acuerdos en torno al no pago de la deuda externa y la promoción de la Tasa Tobin que impulsa la red Asociación por una tasa Tobin de Ayuda a los Ciudadanos (ATTAC). Ambas están ligadas, ya que la apertura de la cuenta de capitales fue el mecanismo utilizado en América Latina para el ingreso de capitales durante las últimas dos décadas, y así se gestó el fuerte endeudamiento externo, la volatilidad de los mercados financieros y de capitales y la profundización de la dependencia de la región al ingreso de capitales externos en cualquiera de sus posibilidades, como capitales de riesgo, de especulación o de préstamo (Gambina, 2000). El saldo medido en penurias populares es bastante conocido y requiere que se le ponga freno y desde allí revertir la situación. Hoy se agita el “caso argentino”, en tanto sea el próximo país con incapacidad de pago4. Dicen eso, pese a la gigantesca ayuda de 40.000 millones, como “blindaje” para los vencimientos de 2001 y 2002. Son préstamos recientemente otorga dos por la comunidad financiera internacional. El temor que agitan es una forma de ejercicio del chantaje sobre los pueblos para aceptar las políticas de ajuste y reconversión regresiva. Es una vez más el ejercicio de la violencia. No pueden permitir la insubordinación del no pago de la deuda, por el ejemplo que representa contra sus intereses de dominación. Es el “ejemplo cubano” que no quieren que se extienda. Lo mismo acontece con el mínimo impuesto a las transacciones financieras internacionales de carácter especulativo. Ni el mínimo del 0,1% sobre el movimiento de las transacciones financieras internacionales permiten, pues implica ponerle freno a su voracidad inacabable. La propuesta de ATT AC incluye a su vez la administración popular de esos fondos y un destino para resolver necesidades alimentarias, educativas y sanitarias. No son un tema menor con relación a cómo organizar la solución de problemas globales de la humanidad. El asunto no es económico sino político. La virtud de Porto Alegre–Foro Social Mundial y de las consignas destacadas, es que pueden actuar en la constitución de sujetos que desde cada uno de nuestros países puedan luchar contra la hegemonía del capital. Son las condiciones necesarias para reinstalar otro sentido común en la mayoría de la población, de carácter anticapitalista y de construcción de la sociedad socialista.

Síntesis

El rumbo que el capital definió como estrategia de su desarrollo ante la crisis de los setenta apuntó a eliminar los obstáculos que surgieron históricamente, producto de la resistencia de los trabajadores a la apropiación privada del excedente (plusvalor). Ese rumbo se facilitó en los noventa con la ruptura de la bipolaridad. En ese proceso se consolidó la hegemonía de Estados Unidos y actúa con especial intencionalidad directriz en América Latina, en particular con mecanismos económicos tales como el comercio internacional y las inversiones directas, el endeudamiento y la subordinación monetaria. El ALCAy la dolarización son estrategias convergentes con ese proceso. Pero también se ejerce la hegemonía por vía militar, diplomática, política y particularmente cultural, desde la emisión de imágenes y mensajes. Las burguesías trasnacionalizadas de América Latina ejercen su dominación local desde la asociación al rumbo general que define la hegemonía estadounidense, no sin conflictos y contradicciones cruzados con intereses extracontinentales, especialmente de Europa. Los gobiernos “democráticos” en la región son funcionales a esta necesidad histórica de rediseño de la sociedad que orienta el capital transnacional y que afecta la relación capital-trabajo, las nuevas funciones del estado y la división internacional del trabajo. El dato relevante de la constitución de sujetos resistentes en el ámbito global y que actúan coordinadamente en resistir la estrategia del rumbo principal del capitalismo, es que reinstala obstáculos que el poder hegemónico consideraba anulados en la primera parte de la década de los noventa del siglo XX. Los acontecimientos de septiembre, entre atentados y guerra, más allá de la intencionalidad de los responsables concretos de los acontecimientos desencadenantes, intenta entorpecer este proceso de constitución de sujetos para un rumbo alternativo que viene extendiéndose desde América Latina al conjunto de la sociedad mundial.

Gráfico 1


La recesión en Estados Unidos

Fuente: The Economist, 2/11/2001.
Gráfico 2

Variación descendente del euro respecto al dólar

Fuente: elaboración propia con base en datos de la Reserva Federal de Estados Unidos.


Evolución de los ingresos en distintos países

Fuente: Informe sobre desarrollo humano, 2001.
Gráfica 4

Evolución de la tasa de desempleo en Estados Unidos

Fuente: The Economist, 2/11/2001. Gráfico 5

Evolución de las compras en Estados Unidos

Fuente: The Economist, 2/11/2001. Gráfico 6

Tasas de ganancia en Estados Unidos y el G-7

Fuente: Caputo, Orlando, 2001b. Gráfico 7

Cambios en los porcentajes de pobreza e indigencia en el conurbano bonaerense (Ciudad de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires)

Fuente: Encuesta Permanente, Indec.

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Notas

1 Las inversiones externas directas en 1999 ascendieron a 40.400 millones dedólares con 17.100 proyectos. Fueron un 13,8% menor a las de 1998, (Chi na. Hechos y Cifras 2000). 2 Pequeños y medianos empresarios. N. de E. 3 “Carta de Derechos y Deberes Económicos de los estados (Naciones Unidas)”, en Realidad Económica Nº 24, año 1976. 4 En diciembre de 2000 se negoció una ayuda financiera impulsada por elFMI de 39.000 millones de dólares, conocida como “blindaje”. Luego se realizó en mayo de 2001 una operación de reestructuración de la deuda por 30.000 millones de dólares aproximadamente, conocida como “megacanje”. Finalmente, a comienzos de noviembre se conoció una reprogramación por la totalidad de la deuda externa en títulos por 95.000 millones de dólares, con la presión ejercida por la cesación de pagos como alternativa.